Hasta el infinito y más allá - De Taco | Abrimos el juego

Hablar de Braian en pasado es una irrealidad. Es una trampa del destino. No puede ser verdad. Pero tristemente lo es. Cuando alguien muere, nuestra mente se dispara hacia los recuerdos que tenemos con esa persona: cuándo lo conocimos, cuándo lo vimos por última vez, cuándo… cuándo… Y comienza una sucesión de pensamientos que no podemos controlar.

A Braian lo conocí en persona en 2011, cuando trabajaba en Zoek Producciones. Estábamos haciendo una serie de documentales sobre algunos deportes en la previa de Guadalajara 2011 para Canal Encuentro, y decidimos ir a Marcos Paz para entrevistarlo a él y a Gustavo Osorio, su entrenador. Por mi rol en el equipo no era necesario saber tanto de su vida; sin embargo, me apasionaba leer sus entrevistas y los artículos sobre él. En esos primeros encuentros, fuera de micrófono, repitió una y otra vez las anécdotas conocidas. No lo hacía con vergüenza, lo hacía con orgullo. Y conmovía. Tocaba la fibra más íntima que una persona puede tener. Todavía era chico de edad, pero ya tenía la sabiduría de un adulto.

Poco tiempo después volvimos a CEFEMA (la Escuela Municipal de Atletismo de Marcos Paz) con otra serie para TV, esta vez dirigida a los niños. La esencia de Braian seguía intacta, y también el amor con el que trataba a sus “colegas”, mucho más pequeños que él, y cuyos ojos mostraban una gran admiración. Su solidaridad con los demás no era sólo fuera de la pista, sino también adentro con sus compañeros de entrenamiento y de equipo, y hasta con sus rivales.

Su cuerpo grandote y alto, musculoso, contrastaba con su inocencia de niño. Me contó sobre sus tatuajes, como el del récord mundial en el interior de su muñeca izquierda. Curiosa, le pregunté si quería hacer el récord mundial absoluto y su respuesta fue “no, quiero lanzar la jabalina hacia el infinito y más allá”.

En los torneos nacionales también se destacaba por su ser. Sabía que era una de las figuras del atletismo argentino, y respondía siempre con una sonrisa a cada pedido de foto. Su sabiduría excedía aquello que cualquiera puede comprender. Cuando tuvo la lesión ligamentaria del codo, su primera lesión grave, solo él sabía que podría recuperarse para volver a los primeros planos deportivos. Pocos confiaban, pero para él no había dudas. Sabía tanto, tanto. Sobre la disciplina que practicaba, sobre su cuerpo, sobre sí mismo, sobre lo relevante, sobre la vida.

Entre torneo y torneo, lanzamiento y lanzamiento, era normal que abriera su corazón y contara cosas íntimas, que hasta el momento muy pocos sabían. Era de una transparencia infinita. No importaba si faltaban pocos minutos para salir al aire, para una entrevista en vivo o lo que fuera. Con su autenticidad generaba un gran respeto, y eso le daba la confianza y la seguridad de que lo que había contado quedaba ahí hasta que él decidiera lo contrario. Es que él hablaba con tanta naturalidad, con tanta sinceridad, que era muy fácil escucharlo. No sé por qué se había generado esa confianza para la confidencia. Yo trataba de disimular en mi cara la crudeza de su relato, mientras que su rostro sólo expresaba evolución y agradecimiento por lo que le había tocado vivir, pero también por poder torcer la historia. No había lugar para el rencor.

Genuino como era, las derrotas deportivas lo atravesaban y lo volvían a armar como el ave fénix. Sin embargo, no dejaba de respetar al otro. Uno de los últimos contactos que tuvimos fue en el CeNARD, mientras hacíamos la primera entrevista principal para De Taco poco antes de su lanzamiento. Con el protagonista cortamos la charla porque todos queríamos saludar a Braian. Siempre Braian, con su presencia, con su sonrisa. Te preguntaba “¿Cómo estás?” con real interés y con tanta franqueza, que te tocaba el alma… como esta madrugada, cuando desperté por un mal sueño y luego me costó dormir. No había recibido la noticia aún, pero siento y quiero creer que vino a despedirse en esta vida. Hasta el infinito y más allá, mi querido Braian.

Braian Toledo