La niña del botín azul - De Taco | Abrimos el juego

Todos la llamaban “Charito”, o simplemente “Chari”. En cambio, sus amigos le decían “Carlitos” porque le gustaba el fútbol. Ella sólo quería llegar del colegio, poner baldes en fila en el patio de su casa y hacer “zig zag” una y otra vez con la pelota del mundial de Francia 98. Anhelaba jugar en un equipo femenino. De hecho, había manifestado la idea a sus padres, pero no podía convencerlos.

Un día, con aquella tenacidad que la caracterizaba, Charito decidió ir por su objetivo. Tomó de la biblioteca de su casa una guía telefónica de empresas, comercios y servicios. Buscó, buscó y encontró la frase que tanto ansiaba: “Club de fútbol femenino”. Llamó. Del otro lado, una señora de voz grave atendió. Chari le explicó su situación, pero la respuesta no fue la esperada. La escuela había cerrado por falta de alumnas.

Como todos los viernes, su papá jugaba al fútbol en el gimnasio de su escuela y la llevaba. Chari se sentaba a un costado de la cancha y lo miraba con orgullo. Era su fan número uno.

-¿Me dejás maquillarte?
-No quiero, Anto. Me molesta que me acerques ese lápiz negro al ojo.
-Se llama d-e-l-i-n-e-a-d-o-r.
-Como quieras, pero no me gusta. Estoy bien así.

Y una vez más, Charito había ganado la batalla. Todas las semanas su amiga, con quien compartía la tribuna, intentaba con diferentes productos, pero era imposible convencerla.

Su papá no era al único a quien ella miraba. Del otro lado del gimnasio, en el patio de su escuela, la entusiasmaba observar a varios compañeros de su curso que se juntaban para jugar al fútbol con una latita de gaseosa aplastada. Quería unirse, pero nunca se había animado a revelarles su deseo. “Es el momento”, pensó. Dejó sola a Anto, y se sentó a mirar cómo los cuatro chicos se disputaban el pedazo de chatarra, de cara a un arco vacío. Las líneas de la cancha pintadas sobre la baldosa no existían para ellos. Jugaban de una punta hacia la otra.

“Ellos saben que me gusta el fútbol, deberían darse cuenta… ¿qué hago para que me inviten?”, se preguntó en voz baja mientras veía que Mariano empujaba con furia a Nicolás por haberle agarrado la remera cuando encaraba directo hacia los tres palos. Esperando a que pasara la trifulca, Chari se distrajo y miró sus pies. Llevaba unas zapatillas de lona (algo sucias por cierto, pero era la moda) al igual que sus amigos. En ese momento la idea cayó de golpe como un rayo: “Si ellos juegan con zapatillas de lona y yo me pongo botines se van a dar cuenta y, además, me voy a diferenciar”, pensó.

Sin perder tiempo, al llegar a casa corrió hacia la habitación de sus abuelos.
-Abu, ¿me ayudás a comprar unos botines para patear mejor cuando vayamos a la plaza? Vos tenés los tuyos, papá también y yo quiero los míos.
-Bueno, lo voy a pensar. Mañana lo discutimos- le respondió el abuelo.
Una sensación esperanzadora la abrazó. Y con esa emoción se fue a dormir.

-¿Para qué quiere botines si no la dejan jugar?
-No sé, vos siempre la incentivaste desde chiquita con la pelotita, Héctor. Ahora hacete cargo.
Charito se despertó y oyó desde su cuarto la discusión entre sus padres. Tuvo sus botines, pero recién unos años más tarde cuando fue a comprarlos con su papá. Eligió unos azules. La caja tenía la imagen de su ídolo: Michael Owen. Cuando lo vio, no dudó: «Tienen que ser míos».

Lo cierto es que un día, la latita llegó de imprevisto hasta sus pies. Y así fue como se integró al grupo con sus amigos. A los 15 años, Charito intentó formar parte de un equipo, pero desistió debido a la falta de recursos y atención del club a sus socias. María del Rosario Pompizzi soñaba con un fútbol femenino profesional y de calidad. Pero la realidad pesó más, se cansó de esperar, y el fútbol fue para ella apenas un pasatiempo ocasional.