Yo, árbitra - De Taco | Abrimos el juego

Estaba sentada en la tribuna mirando un partido de los chicos, un sábado por la tarde allá por el año 2005. Mis amigas comentaron que querían hacer el curso de árbitros para ganar algo de plata. “Yo me sumo”, les dije. Sabía que vivir como jugadora era prácticamente imposible, pero el básquet me había mostrado un mundo en el que sentía orgullo de pertenencia. Quería que mi vida siguiera ligada a él, pero tenía solo 14 años y podía dirigir a partir de los 18, así que a los 17 me presenté e hice el curso. Me gustaba el desafío, me llamaba la atención. Había muy pocas mujeres arbitrando y yo me preguntaba: “¿Por qué no?”. Lejos estaba de pensar que se iba a transformar en la pasión de mi vida.

Comencé dirigiendo a nenas de entre 5 y 13 años. Luego avancé con chicas que llegaban a los 19, pero yo seguía jugando y no me permitían las categorías superiores. A los 21 me di cuenta de que quería hacer una carrera, que había una posibilidad de crecer y desarrollarme, por lo que en 2012 entré a dirigir categorías masculinas y tuve mi debut en superior, de manera circunstancial. La persona que designaba las ternas se comunicó  conmigo por teléfono esa tarde de domingo y me dijo:

-¿Bianca, podés dirigir a San Andrés esta noche a las 21?

-Sí, obvio que puedo. ¿Qué es?

-Primera masculina. Contra Banade.

-Pero Cristina, yo no dirigí Primera todavía…

-Ya sé. Pero necesito que me cubras, no consigo reemplazo para el que se bajó. ¿Te animás?

-¡Sí, obvio que sí!

La cancha estaba llena. Bombos y banderas. Cánticos y, sobre todo, muchos insultos. Era un partido de dos buenos equipos, peleado y muy físico. Yo tenía dos cuestiones: debutaba y era mujer. Por esos tiempos no era usual que hubiera mujeres dirigiendo categorías superiores masculinas, más aún si no te conocían. Se acordaron de mi familia durante todo el partido. Especialmente en un momento en particular, cuando cobré con una falta técnica al jugador estrella del equipo local porque me había insultado. Lo sorprendió la sanción. “¡Mirá a la pendeja!”, fue el comentario del mágico jugador que me expuso ante los ojos de todo un estadio, probándome para ver si mi personalidad y mis agallas estaban a la altura del partido. Fue la única vez que lo hizo.

En el año 2018 se abrió una puerta para que un grupo de jóvenes pudiera dirigir en la Liga Argentina de Básquet, sin distinción de género.

Con el paso de los años, los jugadores se han acostumbrado a ser dirigidos por mujeres… y que estas pueden hacerlo bien. La mirada que juzga estaba siempre puesta encima de nosotras. Parecía que todo lo teníamos que hacer excelente para que fuera visto como algo bueno. Un pequeño error y todo se derrumbaba: “Andá a lavar los platos”, “Nunca deberías haber salido de la cocina”, “Las mujeres no entienden de deporte”.

Cuando comencé mi carrera, quería llegar a dirigir la Liga Nacional masculina. Era imposible porque no aceptaban mujeres. Pero me veía con condiciones y con capacidad. En el camino aparecieron muchas piedras que sortear. Comentarios destructivos y ofensivos de personas que decidían quién y qué podía arbitrar: “Por gorda no vas a llegar a nada”. Triste pero real. Y ese fue el impulso que junto con algunas cuestiones dirigenciales acomodaron todo en su lugar.

Aparecieron personas que reconocieron nuestro trabajo, indistintamente de las características biológicas. En el año 2018 se abrió una puerta para que un grupo de jóvenes pudiera ingresar a la Liga Argentina de Básquet, segunda competición a nivel país. Sin distinción de género. Ingresé en ese grupo y tuve mi debut, otra vez. Y por ese camino estoy, abrazando esta profesión, preparándome como una árbitra y no como una mujer. Logramos que nos respeten, porque saben de lo que somos capaces las juezas de básquet. Las condiciones cambiaron para bien. El arbitraje femenino está en alza. Ahora, la mirada del que juzga ya no se posa sobre nosotras.