La Raulito, una vida de película - De Taco | Abrimos el juego

Estatura baja, ojos saltones y pelo corto, morocha o teñida de rubio. Siempre con una camiseta de su querido Boca Juniors. El 26 de julio de 1933, en el barrio de Villa Urquiza, nacía María Esther Duffau, conocida por todos como “la Raulito”, una de las hinchas más famosas de la institución de La Ribera.

Su vida no fue nada fácil. Perdió a su madre cuando era muy chica y se quedó junto a su padre, un hombre alcohólico y golpeador que la abandonó en un asilo con solo seis años. No fue mucho el tiempo que se quedó en ese lugar, ya que apenas pudo se escapó y comenzó a vivir en la calle.

El aspecto físico que la caracterizaba tenía un porqué: empezó a transformarse para sobrevivir. Se rapaba el pelo y usaba otra vestimenta más “varonil” para fugarse de los institutos correccionales y no ser reconocida y encontrada por las autoridades. De a poco dejó de existir María Esther, para convertirse en Raulito.

Durante su adolescencia vivió en un reformatorio para delincuentes, pasó por la cárcel y hasta estuvo en un hospital neuropsiquiátrico, lugar del que también logró escaparse para comenzar a vender diarios en una terminal de trenes de Buenos Aires. Se ganó la vida siendo lustrabotas, canillita y haciendo distintas changas.

“Me hubiera gustado ser macho y jugar en la Primera de Boca como Diego Maradona”, contó en alguna oportunidad. Su sueño era ser futbolista y estuvo cerca de hacerse realidad. La Raulito jugaba con varones que desconocían que era mujer, y lo hacía muy bien. Llegó a probarse en la cantera Xeneize y fue vista por empresarios italianos que la quisieron llevar a jugar a Europa. La propuesta no prosperó porque se enteraron de que era mujer.

Lo que sí logró fue convertirse en la hincha más famosa de Boca. El club le abrió sus puertas, esas puertas que la sociedad y hasta su propia familia le habían cerrado. Paseaba por la Bombonera como si fuera su casa. Querida por los hinchas, por los dirigentes, por los trabajadores del club y hasta por los jugadores. Cada nueva incorporación tenía una foto con la Raulito, como si fuese un ritual.

Tenía pasión por el club y contaba que nadie la había hecho de Boca: “Yo solita ya sabía que esos colores me iban a dar muchísimas alegrías”. No faltaba a un solo partido y hasta pudo marcar un gol histórico en la Bombonera. Un 13 de julio de 1980, una tarde en la que Boca derrotó por 2 a 0 a Estudiantes por el torneo Metropolitano, ingresó corriendo al campo de juego durante una pelota parada y con un derechazo increíble la clavó en el arco Pincha, generando el reconocimiento inmediato de la hinchada y la posterior detención por parte de la policía.

Tenía un vínculo tan cercano con los futbolistas del plantel que hasta los trataba como si fueran sus hijos. Gracias a esta relación, en 2006 recibió un gran regalo de parte de Guillermo Barros Schelotto, uno de sus máximos ídolos, y de Rodrigo Palacios. Le obsequiaron una escritura de donación de una parcela en el cementerio temático de Boca, un lugar exclusivo para fanáticos del club. Prepararon una breve ceremonia en el complejo de Casa Amarilla y, en silla de ruedas, recibió la sorpresa envuelta con la bandera azul y amarilla.

La vida de La Raulito fue digna de película y en 1975 fue llevada al cine de la mano de Lautaro Murúa, con la actriz y cantante Marilina Ross como protagonista. 34 años más tarde, Emiliano Serra realizó un documental llamado “Golpes bajos”, en el que también contaban su historia.

Sus últimos años los pasó internada en el ex Hospital Rawson, un geriátrico municipal, el único lugar en el que estuvo que se quedó por voluntad propia. Los doctores la medicaban para que no se volviera agresiva, y la autorizaban a salir para ir a la cancha a ver al club de sus amores.

Falleció el 30 de abril de 2008. Ese día, Boca se enfrentó a Cruzeiro por la Copa Libertadores y ganó 2 a 1. Antes de comenzar el partido, realizaron un minuto de silencio y los jugadores llevaron un brazalete negro en su honor. Sus restos fueron velados en el hall central de la Bombonera, el único lugar en el que la recibieron con los brazos abiertos.