Sobrevivir en la Villa Olímpica: las penurias del barrio que brilló en Buenos Aires 2018 - De Taco | Abrimos el juego

«Un oasis en medio de la ciudad». Así describen sus habitantes al Barrio Olímpico de Villa Lugano. A dos años de la inauguración de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018 (YOG), son muchas las personas que siguen esperando respuestas ante cada problemática a la que se enfrentan. La pregunta en común y recurrente es: ¿Quién se hace responsable de las promesas incumplidas detrás de este proyecto?

La resolución 373-E/2017 publicada en el Boletín Oficial el 18/07/2017 declaraba a los YOG un evento de interés nacional que dejaría un legado en la ciudad, “ya que los estadios y residencias temporarias construidas serán aprovechadas para otros usos, como por ejemplo la Villa Olímpica que devendrá en viviendas de carácter social». Desde la confirmación de la sede, en julio de 2013, hasta la ley N° 5235 que la reconoce como «Distrito del deporte», la construcción de este espacio se enmarcó en un proyecto que tenía como objetivo el desarrollo urbano y social de la zona sur de la Capital Federal con viviendas en los barrios de Villa Lugano, Villa Riachuelo y Villa Soldati. Un predio de 31 edificios y más de mil nuevos hogares de uno, dos y tres ambientes.

Los departamentos, que albergaron cerca de 7000 personas entre atletas y entrenadores, fueron preadjudicados a los postulantes que cumplieron con los requisitos solicitados mediante el sistema de créditos UVA (Unidades de Valor Adquisitivo), que prometía cuotas más baratas que un alquiler promedio. «El desarrollo contempla además la ejecución de amplias extensiones de espacios públicos, nuevos parques y espacios verdes, las mejoras en infraestructura de salud, educativa, en transporte y la adecuación de todos los accesos vehiculares que comunican a ese sector tanto con el centro de la ciudad como con el área metropolitana», anunciaba la Ciudad desde su portal oficial. La realidad dista de aquellas promesas.

Agostina, una de las adjudicadas, encontró el primer obstáculo con la fecha de entrega del departamento. ¿A qué se debió el retraso? El lugar aún no estaba acondicionado. Al momento de la mudanza, en septiembre del 2019, el banco le dio la llave equivocada y tuvo que esperar durante unas horas hasta que le acercaron la correspondiente. Al ingresar, se encontró con problemas de agua y electricidad. Con el correr de los meses y la ocupación de los edificios, los vecinos iniciaron una lucha colectiva. “Las manifestaciones y el esfuerzo fueron la clave para conseguir que escuchen algunas de nuestras demandas», reconoció. Una de ellas fue el congelamiento de la cuota UVA que encarecía el valor de la vivienda día a día y generaba un endeudamiento difícil de sostener. «Nos prometieron que pagaríamos algo similar a un alquiler y no fue así”, explicó.

“Tratamos de cambiar las condiciones del programa con movilizaciones y marchas en 2018 y 2019. Las mismas contaron con el apoyo de muchos legisladores de la oposición pero la decisión política nunca llegó. Sí logramos un seguro a través de la Defensoría del Pueblo para que el IVC (Instituto de Vivienda de la Ciudad) se hiciera cargo de la diferencia cuando la cuota superara el 10% del índice salarial e inflación. Muchos vecinos se bajaron por miedo a no poder pagar”, indicó Cecilia, otra de las vecinas. Además, contó: “Cuando me mudé, el barrio estaba vallado y sólo se podía caminar por algunas cuadras. El departamento tenía problemas de filtraciones y humedad que al día de hoy siguen sin resolverse”. En su edificio conviven con diferentes problemas de infraestructura: baldosas que se levantan, paredes que se rajan, termotanques que explotan, ascensores que no funcionan y arreglos con repuestos que duran poco.

“Los departamentos no tienen gas por lo que, para la calefacción, la cocina y el agua nos manejamos con el servicio de luz recibiendo facturas de montos totalmente ilógicos que, en algunos casos, superan la cuota hipotecaria”, sostuvo. Y continuó: “No tenemos semáforos ni señalización de tránsito. Tampoco cámaras de seguridad. No hay suficientes contenedores de basura. Como barrio nuevo nos sentimos totalmente abandonados”. Si bien reconocen que el IVC envía cuadrillas para hacer revisiones, los problemas de fondo siguen sin ser atendidos. Planos sin entregar, caños tapados y un cableado de luz que genera problemas de tensión; obras sin terminar y falta de estacionamientos. Por otra parte, alrededor de 300 unidades funcionales todavía permanecen vacías y sus propietarios no saben cuándo podrán mudarse.

En cuanto a los espacios verdes, la mayoría fueron privatizados. Sólo les habilitaron una plaza y algunos juegos para niños de no más de cinco años, un área que deben compartir 700 familias. Lo que se planteó como parte del espíritu deportivo es tan solo una anécdota. Quienes realizan algún tipo de actividad deportiva se trasladan a otros puntos de la ciudad. El Parque Olímpico, sede principal de los Juegos, es de uso exclusivo para deportistas federados.

La provisión de alimentos o elementos básicos es otro de los obstáculos que deben afrontar. Aunque cuentan con un kiosko a unas pocas cuadras sienten que, a comparación de otros barrios de la ciudad, se encuentran aislados. La planta baja de los edificios dispone de locales, pero los mismos fueron a licitación pública por intermedio del banco que interviene en las distintas gestiones y están vacíos. “Con la crisis surgieron muchos emprendimientos, así que nos compramos entre nosotros. El que está un poco mejor económicamente va hasta Pompeya o al mercado central. Es un barrio muy lindo, pero esperamos que en un futuro cercano nos empiecen a tener en cuenta. Ya no tenemos capacidad de ahorro, nos ajustamos para llegar a fin de mes, pagamos todas las cuentas y sobrevivimos con lo que nos queda”, dijo Agostina. Aunque admitió: «Entrar todos los días a tu casa después de trabajar es una caricia al alma y eso, no te lo quita nadie”.