Caer, levantarse y ganar: la historia inspiradora de Greg Louganis - De Taco | Abrimos el juego

Buscó refugio y encontró mucho más que eso. Quería escapar del bullying, los maltratos familiares y sus adicciones, y terminó encontrando su pasión. Los saltos ornamentales se convirtieron en un refugio y, en los menos de cinco segundos que requiere su performance, halló su paz. Para elaborar esas precisas y elegantes figuras, antes debió batallar contra sus propios demonios, hacer frente a una ola de prejuicios y entrenar muy duro. Fueron altos los costos que pagó para convertirse en el mejor. Pero, aún hoy, el brillo de sus conquistas relucen en su corazón.

La historia de Greg Louganis habla de resiliencia, aunque también de miedos, engaños, deseos y frustraciones. A los nueve meses, sus padres, que apenas tenían 15 años, lo dieron en adopción a una familia de California, Estados Unidos. En su madre adoptiva encontró contención y mucho amor, mientras que con su padre mantuvo una relación distante, entre el odio y el amor. Nunca recibió demasiada atención de su parte hasta que se dio cuenta del talento y futuro promisorio que tenía Greg.  Así fue como se convirtió en un hombre autoritario y sobreexigente. En la escuela sufrió maltrato verbal por parte de sus compañeros, insultos racistas y fue criticado debido a su gusto por la danza y las acrobacias. Este contexto lo llevó a su primer encuentro con las drogas, ‘la puerta más sencilla para escapar’.

Comenzó a tomar clases de gimnasia artística a los ocho años junto a su hermana y, un año más tarde, conoció la disciplina de los saltos ornamentales. Era su lugar, su momento, donde no dependía de nadie y podía ser él. “Era capaz de crear la ilusión de que lo que hace no requiere esfuerzo en absoluto”, señala Ron O’Brien, su entrenador, en el documental de HBO ‘Back on board’. Recorrió sus mejores años entre competencias y entrenamientos. Dio al mundo una muestra de perfección acrobática, lo que le valió cinco campeonatos mundiales (Madrid 1986 y Guayaquil 1982 -plataforma de 3 y 10 metros- y Berlín 1978 -plataforma de 10 metros-), cinco títulos en los Juegos Panamericanos y cinco medallas olímpicas: en Los Ángeles 1984 y Seúl 1988 cuatro doradas y en Montreal 1976, a sus 16 años, una plateada. En el Mundial de Guayaquil 1982 se convirtió, además, en el primero en lograr la calificación ‘diez’ por parte de toda la mesa de jueces.

Su camino rumbo a Seúl no fue el que Louganis hubiera deseado. Meses antes de los Juegos Olímpicos contrajo el VIH de su pareja y mánager, Jim Babbitt. Quiso abandonar la competencia y no viajar, pero las presiones externas y el hecho de que si él no iba, nadie del equipo lo podría hacer, lo llevaron a callar y a afrontar el compromiso. Para eso, se sometió a la ingesta del medicamento AZT, el primero para el tratamiento del virus, del cual se sabía muy poco y era terriblemente potente. Tal fue así, que durante los días de competencia llegaba a conciliar apenas cuatro horas seguidas de sueño. Pero la historia lo recordará siempre por el accidente que sufrió: en un salto su cabeza rozó el filo del trampolín y, en ese instante, toda su sobreexigencia y carga emocional cobraron sentido. Pudo haber abandonado ahí mismo, pero no hubiera sido fiel a sus convicciones. Así fue que regresó, saltó y coronó otra gran cita olímpica con dos medallas doradas.

Ese error de cálculo fue más un reflejo de todo lo que sucedía en su organismo que un acto de descoordinación. Además, estaba el miedo a revelar públicamente su orientación sexual, dado que en aquella época ser gay estaba relacionado directamente a la transmisión del VIH. Al ver la sangre desparramarse por el agua de la pileta y el pasillo, Louganis entró en pánico. Recibió una serie de puntos en la cabeza de un médico que no tenía guantes, otra acción que lo desorbitó. Luego de debatir junto a su entrenador acerca de su futuro, decidió competir. Clasificó a las finales y al día siguiente enhebró once saltos perfectos y una nueva medalla dorada, la última de su carrera. Es, hasta la actualidad, quien consiguió la mayor cantidad de títulos olímpicos en la rama masculina de su disciplina.

En 1989 culminó con su carrera profesional. Tras la decisión, vivió una serie de inconvenientes y problemas personales que debió sortear hasta redescubrirse. Sufrió la estafa de grandes cantidades de dinero por parte de Babbitt, quien manejó sus cuentas durante toda su carrera. Al retirarse, Louganis se encontró prácticamente en la ruina. Además, fue acosado -a punta de cuchillo- en varias oportunidades por su representante y recién en 1989 consiguió una orden de alejamiento. En 1993, comenzó a presentar síntomas provocados por el VIH y cada día amanecía con menos fuerza. Empezó a sufrir de depresión y tuvo que vender todas sus pertenencias, incluidas las medallas olímpicas, para salvarse. Sin embargo, apareció en su vida Johnny Chaillot, su actual esposo y con quien pudo sobreponerse a las dificultades.

Hoy, Louganis es un activista por la prevención del HIV y los derechos LGBT. Difunde su experiencia a través de charlas motivacionales, en las cuales cuenta su historia y aconseja sobre los mejores caminos a tomar para sobrevivir en el exigente mundo del deporte profesional. Además, fue mentor del equipo olímpico de saltos ornamentales de los Estados Unidos y consultor en varios proyectos ligados a su disciplina.