Luchó contra todos los prejuicios, se ganó el respeto de su familia y hoy es un ícono del fútbol mundial: la leyenda llamada Formiga - De Taco | Abrimos el juego

Esquivar piedras mientras llevaba la pelota en el barro con los pies descalzos, que desprendían tanta magia, se había transformado en algo constante. ¡Qué difícil era ser una nena nordestina que solo quería jugar a la pelota! Pero los obstáculos y los prejuicios solo lograron engrandecer a esa niña que soñaba con ser futbolista. El color de piel, el ser mujer, el jugar al fútbol… todo fue motivo de lucha diaria en un mundo que en ese entonces fue tomado como propio por varones, dejándolas a ellas de lado.

Miraildes Maciel Mota, más conocida como ‘Formiga‘ –hormiga en portugués-, nació en Salvador (Bahía) el 3 de marzo de 1978. Única mujer de cinco hermanos, nunca conoció a su padre ya que falleció cuando ella tenía ocho meses. Era una más de tantas que nacieron con pasión por la redonda. Un amor que muchos quisieron arrebatarle, pero que, para suerte de otros y del fútbol femenino, nunca lograron hacerlo. La brasileña dio pelea cada vez que la vida intentó hacerla desistir.

Los campos del suburbio Ferroviario de Salvador fueron testigos de sus inicios, que mezclaron felicidad y tristeza. Solía arrancarle la cabeza a las muñecas que le regalaban para usarlas como pelota. Discutía con sus hermanos porque ellos sí recibían como presente un balón, pero no querían prestárselo. Cada vez que iba al descampado a jugar sabía que al regresar a su casa le esperaba una reprimenda de su hermano, que estaba en total desacuerdo con que ella hiciera lo que mejor sabía hacer. Sin embargo, Mira, como la llamaban en ese entonces, se hacía más fuerte con cada golpe. Se tragaba el llanto, el dolor y al día siguiente volvía a agarrar su pelota para ir al campito a patear un rato.

Formiga y Marta, dos históricas del fútbol femenino, durante el Mundial de Francia 2019 en el que Brasil fue eliminado en 8vos de final. Foto: FIFA

Siempre fue la única nena en medio de tantos chicos. Y aunque creía estar sola, no lo estaba. Otra mujer se encontraba a su lado para empujarla y alentarla: Celeste Maciel Mota, su madre. Cuando veía a sus hijos pegarle a Miraildes, iba y les daba un reto. Y después, le daba dinero a su hija para que pudiera ir a jugar nuevamente. El dolor que sentía cada vez que la discriminaban por ser negra, por ser mujer, por patear una pelota, nunca pudo ganarle al incentivo de su madre. Fue un pilar importante para que la niña no desistiera en la lucha por su sueño.

A los 11 años, mientras estaba en el potrero, Formiga fue observaba por Dilma Mendes (exjugadora de la época en la que el fútbol femenino todavía estaba prohibido en Brasil). La bahiana no dudó un segundo en invitarla a jugar en Euroexport, donde desempeñaba el rol de DT. Sería la primera vez que estaría entre chicas que amaban hacer lo mismo que ella, y no dudó en aceptar. Pero sabía que la última palabra la tenía su madre y había que convencerla para que la dejara participar en aquel equipo. Sin embargo, eso no fue difícil. Lo complicado fue al año siguiente, cuando se presentó la oportunidad de ir a jugar en la ciudad de Sao Paulo con el Saad, uno de los clubes pioneros del fútbol femenino verde-amarelo. Con miedos y dudas, Celeste finalmente confió en su joven hija y le dio la libertad de continuar su camino lejos de casa.

Allí comenzó un gran camino que la llevó a construir un inmenso legado para el fútbol femenino. Fue también donde empezó a ser llamada Formiga por su forma de jugar, semejante al trabajo que realizan las hormigas. Hasta la actualidad jugó en 14 clubes, en destinos como Suecia, Francia y Estados Unidos además de Brasil. Hoy se encuentra en el PSG francés, que decidió este año extender su contrato hasta 2021, teniendo la posibilidad de convertirse en la futbolista más grande en participar de la Champions League femenina.

No obstante, ese no sería el único récord batido por ella. En el Mundial de Francia del 2019 se transformó en la jugadora con más Copas del Mundo en su currículum (tanto de mujeres como de hombres): siete en total (entre 1995 y 2019), superando a la japonesa Homare Sawa (con seis) y, en el masculino, a los mexicanos Rafael Márquez y Antonio Carbajal, y al alemán Lothar Matthaeus (los tres con cinco mundiales). Otro dato curioso es que, de las 522 jugadoras convocadas para Francia 2019, 150 de ellas aún no habían nacido cuando Formiga debutaba en el Mundial de Suecia de 1995.


La mediocampista de 42 años se destacó siempre por su incansable lucha dentro del campo de juego, un fiel reflejo de lo que tuvo que lidiar en su vida cotidiana. Considerada defensiva pero al mismo tiempo armadora del juego, lleva 27 años como futbolista, de los cuales 25 formó parte del seleccionado de Brasil. Su perfil bajo, su constante esfuerzo y trabajo fueron siempre los aspectos que la definieron tanto dentro como fuera de la cancha. Fue partícipe de todos los Juegos Olímpicos (seis) desde que la disciplina hiciera su debut en Atlanta 1996. De hecho, es la única futbolista que logró estar en todos ellos. Cuenta con dos medallas plateadas: Atenas 2004 y Beijing 2008. Además, aseguró que quiere estar en Tokio 2021.

“Jugás como entrenás”, son las palabras de una mujer que se convirtió en ejemplo para niñas, adolescentes y adultas. Para compañeras y rivales. Formiga se supera a sí misma todo el tiempo. Nacida en los tiempos en los que todavía era ilegal que las chicas jugaran a la pelota en su país, hoy es una referente del fútbol femenino en todo el mundo. Quiso retirarse, pero el balón, el césped y su gran condición física le pidieron más y allí continúa deleitando con ese juego silencioso pero ruidoso a la vez. Poquito a poquito, trabaja en cada sector de la cancha, pisando bien fuerte en cada paso que da. El fútbol agradece haberse encontrado con Formiga en esta vida dentro de un campo y lo seguirá haciendo cuando sea la hora de sacarse los botines para estar del otro lado, dirigiendo, ayudando a que las mujeres y este deporte, tan de ellas, siga creciendo.