¿Estaba arreglado? La ilusión efímera de participar en un casting - De Taco | Abrimos el juego

Un amigo que trabaja en un canal de deportes muy conocido escuchó al pasar que buscaban una conductora para un programa y pensó en mí. No lo dudé. El productor a cargo se comunicó, me dio los detalles y el ‘código de vestimenta’: informal. No tuve tiempo para prepararme como hubiera querido, ya que supe de la prueba un sábado por la noche y era el lunes a primera hora de la tarde. Saqué toda la ropa que tenía en mi armario, la tiré en la cama y les envié fotos a dos amigas para que me ayudaran a seleccionar un conjunto. Jean, remera blanca y botas negras. Simple. Luego, lo más importante: informarme. ¡Cuaderno y a escribir!

Llevé la ropa en mi mochila y salí de clases con anticipación para cambiarme. Mientras estaba en el baño, me percaté de que la remera blanca era muy transparente. Tenía que cambiarla. Salí a toda velocidad y fui a un local de ropa. A decir verdad, compré a las apuradas lo primero que vi. De hecho, el talle era un poco grande, pero no me importó. Tomé el subte. Calor, calor y calor. Como consecuencia, comencé a sudar. Cuando bajé, miré el horario: faltaban cinco minutos. Corrí tres cuadras y tomé un taxi para llegar a tiempo.

Ingresé al lugar agitada y despeinada. Era la primera. Tomé asiento, abrí mi guía y agregué algunas noticias de último momento. A pesar de las circunstancias adversas, estaba enfocada y confiada. Levanté la vista y vi a dos modelos publicitarias acercarse. Su look era muy distinto al mío, no coincidía con lo que me habían mencionado. Según comentaban, no sabían de qué se trataba el casting. También hablaban sobre los trabajos que habían conseguido en el último tiempo y aquellos que ya tenían asegurados.

Fuimos hacia una oficina y allí nos entregaron una hoja que especificaba las diferentes pruebas. “¿Quién es Antoine Griezmann?”, preguntó una de las chicas. Respondí su pregunta y hasta le enseñé a pronunciar el nombre del delantero. Durante el segmento, había que comentar un video donde el francés celebraba un gol inspirado en el Fortnite. Debí buscar información del juego para tener más detalles. Una anotación más para mi cuaderno.

Quienes estaban listas comenzaron. Por mi parte, debí pasar por la sala de maquillaje. Esperé un tiempo y mientras me estaban colocando la máscara de pestañas escuché voces que preguntaban si ya había llegado ‘tal’ persona. Era una actriz conocida. En ese mismo instante, mis ilusiones se derrumbaron. “Está arreglado”, pensé. La famosa llegó, me dejaron con el maquillaje a medias y empezaron con ella. Aproveché la circunstancia para ir al vestuario y cambiarme la remera que había comprado. Miré al espejo, sonreí e hice foco en mis brackets. Hubiera deseado no tenerlos.

A través de un monitor, vi la última etapa del casting de la actriz. Tenía que improvisar acerca de una cuestión propuesta al azar. La noté incómoda, no sabía mucho qué decir. Llegó mi momento. Firme y concentrada. Antes de iniciar, observé el monitor y otra vez desvié la mirada hacia los brackets. Los notaba más grandes. Y encima, estaba con anteojos. Sin embargo, cuando escuché la palabra ‘aire’, las inseguridades desaparecieron. Un bloque, dos, tres y el último. Tuve que hablar sobre la Selección Argentina. Toqué el tema de los arqueros y cuáles eran las opciones. Cerré la idea… ¡y corte!

Salí del estudio y no había nadie. Tenía el retorno de audio en el bolsillo, con los cables colgando. Sentí tristeza, pero acepté la dolorosa realidad. Me dejaron sola. Sufrí, pero empecé a caminar con la cabeza en alto y llegué hasta una sala de edición. “¡Qué linda voz que tenés!”, dijo un productor. Le agradecí con la amabilidad que me caracteriza, pero su concepto no endulzó mi amargura. Estaba conforme con mi desempeño. Lo hice bien, pero no era ella. No era actriz, no era modelo ni una cara bonita, era Rosario Pompizzi, la de la “voz linda”, una periodista que ama su profesión, se formó, evolucionó y a la que, aun así, no le alcanzó.

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