Eglis Giovanelli: “Voy a seguir luchando por el fútbol femenino hasta que esté en la tumba” - De Taco | Abrimos el juego

La historia dice que Teresa Bazzi nació en Colonia Medici, Santa Fe, en 1922, y desde los 10 años se sentaba al costado de una cancha improvisada a mirar a sus hermanos jugar al fútbol. Los observaba y aprendía en silencio, convencida de que algún día a ella le darían un lugar. Todos los sábados su familia se reunía con otros vecinos para pasar el día en la colonia, y eran los hombres quienes organizaban campeonatos de fútbol entre las familias que asistían al lugar, aunque nunca llegaban a completar los equipos. Un día llamaron a Teresa, a su hermana y a sus dos primas para que se sumaran a uno de los equipos. “Jugó la primera vez, le encantó y siguió jugando”, rememora su hija, Eglis Giovanelli. Y agrega: “Mi mamá decía que no había sido goleadora sino armadora. Sería en la posición del ocho, porque era una mediocampista que iba al ataque y siempre tiraba centros como para que los otros hicieran el gol”.

Eglis fue la primera periodista deportiva con presencia en los medios en Argentina y se adjudicó el título de pionera en esa profesión. En parte, ese logro probablemente tenga mucho que ver con la forma en que sus padres valoraban el deporte, incluso antes de formar una familia. La primera en romper barreras fue su madre, que lo hizo como jugadora de fútbol junto a otras mujeres que también participaban de aquellos campeonatos en el pueblo: “Jugaban más chicas de otras familias, porque a veces no alcanzaban los hombres y las mujeres se metían a jugar sin ningún problema. Mi mamá no vivió discriminación alguna, no las criticaban”, asegura Eglis mientras añora aquella actitud de una época que no vivió: “No jugaron ningún torneo oficial, era más bien jugar entre todos, hombres y mujeres, para divertirse”.

Teresa Bazzi, su hermana y su prima antes de un partido. Foto: Gentileza Eglis Giovanelli

Sobre la ropa que usaban para jugar, Eglis explica que tanto su madre como sus primas eran las encargadas de bordar las camisetas del equipo del que formaban parte. En cada partido, salían a la cancha con el logo, los pantalones cortos, medias hasta las rodillas, alpargatas forradas de cuero y vinchas para sostener el cabello.

Pero a los 18 años Teresa se rompió la rótula con un alambrado durante un partido de fútbol y no pudo volver a jugar. Sin embargo, nunca se alejó del deporte, siguió pasando fines de semana enteros en la cancha y muchas veces se sumaba a los partidos como jueza ya que “no tenía que correr tanto”. Aquellos años de juego en familia sólo hicieron que la pasión por la pelota aumentara exponencialmente, porque ahora no sólo entendía aquel deporte que tanto observaba, sino que también lo había practicado.

Tiempo después, Teresa conoció a Domingo Giovanelli, se casaron y se mudaron a Las Rosas (Santa Fe). Allí tuvieron cuatro hijos y vivían en una granja de dos manzanas en las afueras de la ciudad. Domingo fue cofundador del club Almafuerte, que en aquel momento comenzaba a participar de la Liga Cañadense de fútbol, y todos en la familia se volvieron hinchas fanáticos del Club.

Entre los recuerdos de su niñez, Eglis tiene muy presente los viajes que hacían con sus papás y sus hermanos para acompañar al Club de sus amores a donde sea. “Viajábamos en los camiones del pueblo, nos acomodábamos entre los cajones de manzanas y algunas mantas, y recorríamos unos 30km hasta el pueblo vecino”, expresa la periodista, “y los domingos a la noche, si Almafuerte perdía, en mi casa no se comía. Mi mamá era muy fan de Almafuerte”, evoca entre risas. Luego empezaron a viajar en colectivo con otros hinchas por diferentes pueblos santafesinos: “Íbamos a todos lados, Las Parejas, Villa Eloisa, Correa, Carcarañá, Montes de Oca… donde había partido, ahí estábamos”, relata orgullosa.

Los partidos más esperados eran contra William Kemmis, el “clásico”, y la periodista confiesa: “Esos encuentros eran una locura, ¡mi vieja se enfermaba!”. Aquellos juegos en los que Almafuerte era local se disputaban en una cancha que pertenecía a un comedor escolar, porque el club no tenía su propio espacio. Un día Domingo llegó a su casa y reunió a Teresa y a sus cuatro hijos: “Decidimos que acá Almafuerte va a hacer su cancha”, les dijo. “Yo suspiré, porque me quedaba sin casa, y mi vieja toda orgullosa dijo ‘¡por fin vamos a tener cancha!’.  Hoy Almafuerte permanece en ese predio, y lo que era mi casa ahora es la casa del casero del Club”, expresa Eglis, que además sostiene que cada tanto viaja a Las Rosas y visita el único árbol que quedó de la granja, un ombú. Si bien Giovanelli nunca jugó al fútbol, asegura que ese amor por el deporte nació gracias a Teresa: “A mi mamá desde siempre le gustó el fútbol y la movilizó, eso me lo transmitió a mí, y me encanta. Es una pasión que no se puede explicar”.

Pero no todo en la vida fue fútbol. Eglis se recibió de docente y desde los 16 años dio clases de francés en una escuela secundaria. También  realizó el profesorado de Castellano y Ciencias Sociales, jugaba al vóley, nadaba y los fines de semana iba a alentar a Almafuerte. Pero un día decidieron mudarse a Buenos Aires. Pasados seis meses, ya instalados, Eglis leyó en el diario que abría la Escuela del Círculo de Periodistas Deportivos y se anotó: “No sabía que existía la posibilidad de estudiar eso y ahí pude explayar todo lo que a mí me gustaba del deporte”, confiesa.

-¿Qué te dijo tu mamá cuando le contaste que querías estudiar periodismo deportivo?

-Fue como si hubiera ido ella a estudiar. Le hubiera encantado ser periodista. Ella vivió la carrera conmigo. Cuando me levantaba, mientras tomábamos mate, me decía ‘hoy la nota es tal persona’. Yo dudaba y me insistía ‘andá y proponela, que vas a ver que sí’. La proponía y tenía razón, era la nota del día. Porque ella había escuchado o leído algo, era muy de escuchar la radio, entonces sabía cómo podía pegar un equipo, un personaje, o un partido. Estaba al tanto de todo.

Eglis Giovanelli realizando una entrevista. Foto: Gentileza EG

A los 22 años Eglis tenía una columna de natación en la Oral Deportiva y su carrera como periodista fue en ascenso. Cubrió el Mundial 78 y trabajó en TC y Canal 13, entre otros. En cada paso que daba, su madre estaba firme, acompañándola. De hecho, fue Teresa la que mantenía informada a su hija -a pesar de que se nombrara poco en los medios- cuando las Pioneras participaron del Mundial de México en 1971 y vencieron por 4 a 1 a Inglaterra. “Recuerdo que mi mamá dijo ‘que lástima que no fue hace unos años porque podría haber ido’”, observa Eglis.

A pesar de estar muy enfocada en su carrera como periodista, durante diez años más dictó clases y de a poco se fue involucrando cada vez más con el fútbol femenino. A principios de los 90 se fue a vivir a los Estados Unidos y allí conoció la otra cara de la disciplina. Recuerda lo asombrada y encantada que estaba al ver cómo eran las competencias allá, con canchas llenas de mujeres jugando al fútbol todo el día y el nivel que éstas demostraban: “Cuando volví, la primera vez traje un casete para mostrarle a mi mamá cómo jugaban allá. Perdí la cuenta de las veces que lo vio. En ese momento, viendo todo lo que había allá y todo lo que faltaba acá dije ‘yo tengo que ayudar a las chicas del fútbol femenino’”, apunta.

Por eso, cuando regresó a vivir a Buenos Aires comenzó a trabajar en una asociación en Vicente López, que tenía varias escuelas de fútbol: “Organizábamos partidos acá -porque los de AFA eran pocos- y en otras provincias como Tucumán. También el Pre-Mundial del 99, que fue en Mar del Plata. Llevábamos micros llenos de familias, les enseñábamos a cocinar, les dábamos de comer y si hubieras visto las caras de las chicas y familias cuando almorzaban y te preguntaban si tenían que comer otra vez y les explicabas que sí, que después venía la merienda y después la cena… las caras de esas familias, eso era maravilloso”.

Esas experiencias la impulsaron a cursar la carrera de dirigente deportivo en River: “No estudié para ser presidenta de un club sino porque quería ayudar a las chicas del fútbol femenino, y porque creo que la docencia me sirvió muchísimo para eso”, destaca. Sobre los contratiempos que sufrió siendo dirigente y queriendo aportar a la disciplina añade: “Cuando estudiaba, fui presidenta de fútbol femenino de River por una semana. Me nombraron y cuando quise ir al Mundial me dijeron que no, porque Grondona no quería y su señora tampoco. A la semana ya no estaba más, pero seguí trabajando desde otro lado”.

Hoy en día Eglis sigue por ese camino y asegura: “Voy a seguir luchando por el fútbol femenino hasta que esté en la tumba”. Y por supuesto, no se olvida de su madre. “Estoy segura de que mi mamá festejaría el día de la futbolista argentina como pionera. Se necesitarían dos o tres como mi vieja para darle un empujón más grande a la disciplina. Ella nos metió en la cabeza que el deporte es salud”, concluye con ilusión.

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