Kathrine Switzer y su maratónica hazaña que hizo historia - De Taco | Abrimos el juego

“Solo soy una chica que quiere correr su primer maratón”. Ese fue el primer pensamiento que tuvo cuando se embarcó en esta aventura. “Me gusta correr, cuanto mayor es la distancia, mejor”, declaró luego de cruzar la línea de llegada, sin miedo ni prejuicios, convencida y determinada en la carga revulsiva que su aparición iba a provocar. La historia de esta mujer llega cargada de coraje y empeño por alcanzar su sueño, pero también con la motivación, consciente de que su acto marcaría un punto de inflexión. Su participación se vio envuelta en un cúmulo de emociones, decisiones, cansancio y discusiones hasta alcanzar su meta. Hoy las mujeres son aceptadas y pueden competir en los maratones de todo el mundo, y eso se debe a la lucha que comenzó Kathrine Switzer en 1967.

Una mujer había logrado correr la distancia maratónica de 42,195 kilómetros en el mundo. La británica Violet Piercy fue la primera en hacerlo en una carrera homologada por la IAAF (hoy World Athletics), pero su marca (3h40s22) y su aparición quedaron en el olvido. Nunca nadie se empoderó con su conquista. Al igual que lo realizado por Roberta Gibb, quien corrió y ganó las ediciones del maratón de Boston entre 1966 y 1968 de manera no oficial con tiempos por debajo de las tres horas y media. Ella lo realizó sin estar inscripta, sin registros oficiales.

Por eso, fue recién en 1967, con el acto de Switzer cuando la mujer comenzó a tener mayor atención dentro del plano del deporte, sobre todo en las carreras de distancia (hasta ese momento la participación femenina se restringía en pruebas de 100, 200, 400 y 800 metros), y no fue hasta Los Ángeles 1984 que las mujeres fueron incluidas en el maratón en los Juegos Olímpicos. Fue Switzer la primera mujer en competir en el maratón de Boston con un dorsal de manera oficial.

Switzer era una estudiante de periodismo de la Universidad de Syracuse de Nueva York y una joven enamorada de su pasatiempo, correr. Hija de padres de la armada de los Estados Unidos, nació en Alemania, pero vivió de muy joven en tierras norteamericanas. El deporte siempre la cautivó, de manera recreativa, de ahí que en sus tiempos libres entrenaba junto al equipo masculino de cross country que lideraba el veterano de la Segunda Guerra Mundial, Arnie Briggs. Fue a él a quien tuvo que convencer, tras horas heladas de entrenamientos por los parques neoyorquinos, de su participación en su primer maratón.

“Las mujeres no tienen tanta resistencia” o “correr semejante distancia daña el sistema reproductivo”, fueron siempre frases hechas en relación a las mujeres y el deporte. Si bien Switzer no les prestaba atención, había algo en su interior que le resonaba y desafiaba. Fue así, que luego de un frío entrenamiento en diciembre de 1966, la joven de 20 años probó a su entrenador que era capaz de correr 42,195 kilómetros y que se lo demostraría en el maratón de Boston 1967, que tendría lugar en abril.

La aventura en la que se acababa de embarcar era todo un desafío y una motivación extra. Por la carga histórica (se convertiría en la primera mujer en correr oficialmente un maratón), la odisea organizativa (debía registrarse con su nombre para ingresar), el derribo de prejuicios (iba a ser la única mujer) y el logro personal (cruzar la línea para probarse a ella misma que era posible). Pero no estaría sola. Junto a ella correrían Briggs, su novio, Tom Miller, jugador de fútbol americano y lanzador de martillo con proyección olímpica, y un compañero del equipo de cross country, John Leonard.

Fue esta hazaña el primer sismo, la primera advertencia. Luego de algunos años de insistencia y trabajo, en 1972 por primera vez las mujeres fueron aceptadas en el maratón de Boston y luego en los demás. Switzer logró ganar el maratón de Nueva York 1974, creó una asociación y un circuito de carreras alrededor del mundo, pero, sobre todo, elevó la voz de las mujeres en el mundo de los corredores. Como periodista es una de las voces de referencia de las cadenas televisivas de los Estados Unidos.

Maratón de Boston 1967, 19 de abril

Luego de cuatro horas y 20 minutos, Switzer cruzó la línea de llegada junto a Leonard y Briggs. Envuelta en una atmósfera de adrenalina, shock, emoción, frío, cansancio y dolor. Sus pies estaban ensangrentados por las ampollas producidas por la fricción del zapato. Una de sus manos estaba congelada, dado que uno de sus guantes había sido arrebatado, y sus piernas ya no respondían por el agotamiento y las bajas temperaturas. Pero su cara regalaba felicidad y satisfacción por su objetivo cumplido.

Para llegar a ese momento de plenitud máxima, antes debió dar batalla, superar obstáculos y poner el bien mayor por sobre el suyo personal, y correr. Todo comenzó cuando el equipo de cuatro corredores liderado por Briggs emprendió su viaje desde Nueva York hasta Boston la noche anterior al día de la carrera. Los cuatro compartieron aquel viaje en auto, entre consejos competitivos, trucos para superar el frío y un pequeño repaso sobre el trayecto y algunos puntos claves del recorrido. Llegaron a destino entrada las tres de la mañana, con tiempo suficiente para un buen descanso.

El día de la carrera, se dirigieron a las oficinas de la organización. Todos tenían realizada la inscripción previa, de un costo de tres dólares, y Switzer estaba nerviosa dado que no se había anotado con su nombre, sino con sus dos iniciales: K.V. Switzer. Pero todo resultó como esperaba (habían estudiado el reglamento y ninguna sección señalaba nada respecto de las mujeres en competencia, aunque tampoco las mencionaba). Briggs retiró los dorsales de cada uno y para ella fue el número 261, el cual entraría en la historia y en 2017 sería homenajeado y quitado de la carrera.

Era real y ella estaba ahí, a punto de cumplir su sueño. Restaban pocas horas para la carrera y los cuatro emprendieron el viaje al lugar de la partida donde una horda de hombres realizaba su entrada en calor. Este momento fue un tanto revelador para la corredora, según describe en su libro autobiográfico “Marathon Woman”. Aquí, todos los hombres la halagaban por su coraje y ganas de correr cuando la veían pasar, le pedían que convenza a más mujeres a que corran, sobre todo a sus esposas para que pudieran realizar la disciplina juntos. Todos a su alrededor la felicitaron y entusiasmaron a seguir. Ella estaba emocionada, a gusto y convencida de lo que estaba por realizar.

Faltaban segundos para la largada y, en medio de toda la muchedumbre masculina, Switzer sobresalía por sus labios rojos maquillados y ojos grandes, atónitos por lo que estaba por vivir. Sonó la pistola de largada y ahí se fueron todos los corredores de la edición 70 a emprender su aventura.

Los primeros kilómetros fueron de puro disfrute. Fueron momentos para escuchar los saludos por parte del público, responder las preguntas que le realizaban, compartir sensaciones con sus compañeros y seguir los consejos de Briggs, su capitán. Sonrisas, gritos de aliento y de apoyo los acompañaron en su recorrido.

Todo este manto de encanto se cayó cuando el colectivo que trasladaba a la prensa y a uno de los organizadores pasó junto a ella. Su presencia en la carrera se había hecho conocida y era la participante buscada. Por el lado de los fotógrafos para captar ese momento, pero por el lado de la organización para quitarla de la competencia: las mujeres no podían disputar su evento.

Jock Semple bajó enfurecido del colectivo en busca de la joven. Asustada pero convencida de lo que estaba realizando, continuó con su trayecto evitando al organizador. Pero en un momento, Semple la alcanzó y logró arrebatarle uno de sus guantes y el dorsal trasero, al grito de: “Salí de mi carrera, dame esos números y marchate”. Fue en ese momento que su novio embistió su robusto cuerpo sobre el organizador y lo dejó tendido sobre el suelo. Confundida, con miedo y humillada, Switzer se aferró a su creencia y,  no miró para atrás y siguió corriendo.

Su entrenador, su novio y compañero la entusiasmaron a que continuara para desaparecer de esa zona, y que ni los fotógrafos ni organizadores volvieran a encontrarla. Ella estaba inmersa en un mar de emociones pensando sobre cómo estaría Semple (¿acaso muerto?), sorprendida por la reacción de su novio, y la imagen brindada al público en esa escena. Pero también estaba convencida de que debía seguir, si no lo hacía todo su esfuerzo se esfumaría y daría la razón a los hombres acerca de que las mujeres no podían correr. Así que siguió.

Briggs debió cambiar la estrategia y elaboró una más sencilla con el objetivo puesto en terminar, más allá del tiempo. Para eso pidió que bajaran el ritmo y comenzaran con un trote bien suave para recuperarse de toda la adrenalina vivida. A Miller no le gustó la idea, se adelantó y siguió solo. Los restantes tres continuaron al trote, nunca caminaron y mantuvieron el silencio.

Cuatro horas y 20 minutos después, Switzer cruzó la línea de llegada junto a Leonard y Briggs. Un grupo de periodistas aguardaba su llegada de manera desinteresada, no querían estar ahí expuestos a las bajas temperaturas para recibir a una mujer. Switzer lo percibió, y con el recuerdo de lo vivido a flor de piel, apenas se detuvo a responder unas pocas preguntas y partió. Primero a esperar a su novio, de quien no sabían si había finalizado o abandonado la carrera, y segundo a ver a un médico ya que sus pies estaban envueltos en sangre.

Una hora más tarde apareció Miller a paso lento por la línea de llegada casi sin aliento pero feliz de haberlo logrado. Su equipo lo recibió y se marcharon lo cuatro tras su conquista. Emprendieron viaje inmediatamente rumbo a Nueva York. Y fue en una de las paradas en la madrugada para comer que Switzer tomó noción de lo realizado.

En ese momento encontró uno diario que en la tapa llevaba una foto suya y toda una historia en relación a ella. Hacía mención a su persona, a su novio y entrenador. El número de su inscripción (261) estaba en primera plana, y era ella, una mujer, la que encabezaba uno de los diarios más populares de la región.