Andreas Brehme: de la gloria al olvido - De Taco | Abrimos el juego

Un día más en la oficina. Así definió el alemán Andreas Brehme lo que para él significaba patear un penal. Por eso no dudó aquel 8 de julio de 1990 cuando, faltando solo cinco minutos para que se diluyera el tiempo reglamentario de la final mundialista entre Alemania y Argentina, el mexicano Edgardo Codesal cobró una falta de Roberto Sensini a Rudi Völler en el área y señaló la pena máxima. Lo ejecutaría él, aunque esa responsabilidad le correspondiera usualmente al capitán de la Mannschaft, Lothar Matthäus.

Agarró la Etrusco Único blanca y negra de casi medio kilo, pelota de Adidas que se usó en Italia 90, la apoyó en el punto penal y lanzó fuerte, rasante y bien esquinado al palo derecho de Sergio Goycochea, quien no llegó a desviarla por poco. Gol. Un gol que le daba su tercer Mundial a Alemania y en simultáneo entristecía a 40 millones de argentinos. Un gol que permanece para siempre en la memoria colectiva futbolera y con el que se asocia indefectiblemente a Brehme, a pesar de haber conseguido muchos otros logros.

Brehme nació el 9 de noviembre de 1960 en la ciudad portuaria de Hamburgo, al norte de Alemania. Es apenas diez días más joven que Diego Maradona. A pesar de los más de 12 mil kilómetros que separaban sus infancias y realidades, soñaban lo mismo: jugar un Mundial.

Se inició en el fútbol a los cuatro años de la mano de su padre, quien también fue su entrenador. Es el responsable, además, de enseñarle a usar las dos piernas para jugar y patear. Solía asistir con él al Volksparkstadion para ver al Hamburgo, pero nunca llegó a vestir la camiseta del poderoso club alemán. Brehme se formó en el humilde Barmbeck Uhlenhorst de su ciudad natal, a los 20 llegó a FC Saarbrücken y a los 21 pasó a FC Kaiserslautern. Su alto nivel lo llevó a la Selección y lo colocó en el radar de Bayern Múnich, que en su momento pagó por él la cifra más alta para un jugador alemán en la Bundesliga. Sobre este hecho, contó: “Una vez que Alemania jugaba en Múnich me vino a ver Karl-Heinz Rummenigge y me subió en su coche. Fue todo muy rápido. Me llevó a la oficina de Uli Hoeness y apenas unos minutos después estaba en la mesa firmando el contrato”. En su primera temporada con el club alcanzó  la final de la Copa de Europa que los teutones perdieron ante el Porto de Paulo Futre.

Antes de llegar a Italia ’90, su segundo Mundial, ya jugaba en Inter de Milán y fue elegido mejor jugador del año de la liga italiana. En Inter tuvo a quien considera el mejor entrenador de su carrera, Giovanni Trapattoni, y compartió filas con sus compatriotas Lothar Matthäus y Jürgen Klinsmann. Tuvo grandes temporadas vistiendo la camiseta neroazzurra: ganaron una Copa de la UEFA y llegaron incluso a arrebatarle una liga al Milan de Arrigo Sacchi y al Napoli de Maradona.

Defensor por izquierda, siempre recuerda que en Saarbrücken y Bayern ocupaba posiciones en el centro del campo, y que recién en Inter comenzó a jugar de lateral. Poseía cualidades excepcionales como deportista: fuerza, velocidad, potencia y un estado físico superlativo. Tenía la habilidad de subir al ataque, era un buen asistidor y marcó goles determinantes: solo hizo ocho en 86 partidos disputados con la Mannschaft, pero cinco fueron en campeonatos mundiales y europeos, tres de ellos en instancias de semifinal o final.

En 1992 estuvo a punto de fichar por Barcelona dirigido por Johan Cruyff, pero como el club no tenía cupo extranjero terminó en Real Zaragoza –donde compartió equipo con Darío Franco-, y se instaló en la ciudad de donde además era oriunda su exesposa, Pilar Martínez, a la que conoció en 1987 en un vuelo de Frankfurt a Miami y con quien tiene dos hijos: Ricardo y Alessio.

Tras su paso por Zaragoza regresó a Alemania, donde se retiró con Kaiserslautern en 1998, a los 38. Muchos recuerdan sus lágrimas cuando en 1996 descendió con su equipo del alma y a los pocos días fue campeón de Copa en Berlín. Regresaron a la Bundesliga al año siguiente, y se convirtieron en el primer y hasta el momento único equipo alemán que se corona después de ascender. Ya retirado comenzó una breve carrera como entrenador y asistente técnico. Su último trabajo en un cuerpo técnico fue junto a Giovanni Trapattoni en Stuttgart en 2006, y por mucho tiempo no se supo nada de él hasta que, ocho años más tarde, saltó a las portadas por cuestiones ajenas al deporte: sumido en deudas, tuvo que poner en venta su casa.

El fútbol alemán se escandalizó al saber que uno de sus campeones no la estaba pasando bien. Franz Beckenbauer salió a pedir por él: “Tenemos la responsabilidad de ayudar a Andreas Brehme, él hizo mucho por el fútbol alemán, le dio un título, y ahora es el turno del fútbol alemán de hacer algo por él. Quizá podemos crear un fondo para proteger a los jugadores que atraviesan emergencias”.

También el Sindicato de Futbolistas Profesionales expresó su posición sobre el caso: “Intentamos enseñarle a los futbolistas cómo evitar esas situaciones en las que no se sabe cómo ganar dinero fuera de la cancha. Nuestro consejo a ellos es muy claro: hay que tener un plan B, aprender otra profesión, y ahorrar para crear un puente entre el momento de la despedida del fútbol y el de empezar a vivir del contenido del plan B”.

Más directo fue otro exfutbolista, Oliver Straube, el cual le ofreció un trabajo en su empresa: “Estamos dispuestos a emplear a Andreas Brehme como ayudante en nuestra firma de limpieza de canalizaciones. Allí él se enterará lo que es trabajar de verdad haciendo el aseo de los sanitarios e inodoros. Eso le servirá para enterarse de cómo es la vida y mejorar su imagen. Eso sí es ayudar a Brehme”.

Instalado en Múnich y reconvertido en empresario, Brehme se dedica actualmente a la creación de canchas de entrenamiento, hace participaciones en la televisión y asesora a la Federación Alemana de Fútbol.

Amigo de Javier Zanetti, guarda un grato recuerdo de su paso por Italia donde escribió sus mejores páginas como futbolista. Es por eso que hace unos meses, cuando el país se sumía en una crisis sanitaria a partir de la propagación del coronavirus, Brehme decidió donar dos Etrusco Único firmadas por todos sus compañeros que conservaba de Italia ’90 con el fin de recaudar fondos.

Aunque siempre será recordado por convertir el penal de la victoria de Italia ’90, Brehme prefiere subrayar al grupo por sobre lo individual: “Solo unidos éramos fuertes. Ganar solo es posible cuando eres un equipo, cuando prima el colectivo”, asegura cada vez que es consultado por su momento de máxima gloria deportiva.