“Taier”, mi primer ídolo - De Taco | Abrimos el juego

“¡Vení, Rosarito! ¡Juega Taier, el mejor del mundo!”. El abuelo no se equivocaba, siempre tenía razón cuando hablaba de deportes. Y así fue como, hoyo tras hoyo, me enamoró. Sí, me enamoré de su figura como deportista porque cada vez que lo veía en acción sentía un entusiasmo exacerbado.

“¿Cómo puede ser que siempre, pero siempre, Tiger Woods haga todo bien?”, nos preguntábamos con el abuelo. Si él jugaba, nada podía salir mal. Era el señor perfecto: un ganador nato, un mago que hacía de cada palo su varita. ¡Cuánta simpleza, precisión y técnica!

Cuando en el año 2000 supe que viajaría a la Argentina para disputar la Copa del Mundo no podía creerlo. Quería verlo en persona, pero no pude pagar la entrada porque era muy costosa. Estuve tan cerca y tan lejos a la vez. Sentía alegría y tristeza al mismo tiempo.

El primer día del torneo una vecina me invitó a su casa a jugar. ¡Qué dilema! Fui, pero con una condición: “Solo si me ponés la transmisión del golf en la TV”, le dije. Y aceptó. Mientras nos divertíamos, yo escuchaba atentamente a los periodistas que narraban el evento. Y si aparecía Tiger, corría hacia la pantalla para admirarlo junto a David Duval, su compañero de equipo en aquella ocasión.

La elección de un ídolo no se rige por la razón. Los sentimientos son quienes resuelven la cuestión de manera espontánea.

“¡Vení, Rosarito! Podés mirar la tele en mi cuarto”.
“¡Gracias, abuelo! ¿Qué será Liverpool? ¿Es conocido este chico?”.

Y ahí apareció a un nuevo ídolo. Pero esa es otra historia.

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