De una vida de excesos a pelear por un lugar en Tokio 2020: la historia de la ciclista irlandesa Orla Walsh - De Taco | Abrimos el juego

Su vida tomó un giro impensado. Si unos años atrás le hubieran pintado este escenario, ella hubiera desconfiado por completo. Se hubiera reído. El deporte estaba lejos de sus planes, y la bicicleta aún más. Proveniente de una familia integrada por deportistas ella siempre fue la única que le esquivó a la actividad física. La comida chatarra, salidas con amigos por bares, el cigarrillo y el alcohol eran sus únicos entretenimientos en su tiempo libre y los fines de semana. Hoy, nada de eso está en el horizonte. Su vida cambió completamente y atreverse a soñar con la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio ya no es una locura. Es una realidad.

Orla Walsh es integrante de la selección de ciclismo de Irlanda. La joven de 31 años dejó a un lado el abuso del tabaco y el alcohol gracias a la vieja bicicleta de su padre y se convirtió en una de las grandes promesas del ciclismo irlandés. Incluso, su nombre suena entre los candidatos para clasificar a Tokio, y fue seleccionada entre otros jóvenes talentos con el objetivo olímpico como destino final.

“Si hace unos años me hubieras dicho cómo iba a ser mi vida hoy, me habría encendido un cigarrillo, me habría reído de ti y te habría tomado por un loco”, declaró en una reciente entrevista al medio inglés Pho3nix.

Su carrera como deportista comenzó en 2016 y en apenas unos meses pasó de ser la última del pelotón a ser parte del grupo. Y así llegaron sus primeras competencias de las que hoy ya suma diez medallas en Campeonatos Nacionales en pista en las últimas tres temporadas y hasta tuvo su debut en el Mundial de Inglaterra en 2019. Pero, su llegada al deporte al que hoy describe como su pasión y por el que cambió completamente su rutina -e incluso país de residencia- fue casi de casualidad.

En 2015, Walsh se inscribió en un posgrado para complementar su carrera como diseñadora. La distancia entre su casa y la facultad era de diez kilómetros, pero no contaba con el dinero suficiente para pagar la nafta para su auto y estaba cansada del mal funcionamiento del transporte público. Fue entonces que su padre le dio una de sus antiguas bicicletas para que probara una alternativa de traslado. Y le encantó. En la bicicleta sentía libertad, adrenalina e incluso comenzó a sentirse cómoda con la distancia y empezó a probar nuevas velocidades y dificultades en el camino.

Lo que empezó como un medio de transporte acabó como pasión. Comenzó a salir sin destino alguno y siguió con recorridos por las montañas. Empezó a cambiar sus horarios, su rutina e incluso su alimentación. En pocos meses se sintió distinta y sus ganas por pasar más tiempo arriba de la bicicleta le llamó la atención. No era buena, pero fue donde halló su paz. A principios de 2016, se inscribió en un club local donde encontró un grupo de entrenamiento y se encontró realizando actividades que jamás imaginó. Su último contacto con el deporte había sido durante su niñez, cuando apenas disputó algunos partidos de hockey y tenis. Luego, su vida había tomado otros rumbos.

 

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Lo concreto es que a partir de este cambio de escenario su vida tomó otro color. Empezó con entrenamientos cada vez más intensos, carreras en las que salía última y se enojaba y sesiones de entrenamiento en el gimnasio. Todo lo que hacía era para mejorar. Su hambre de gloria y su instinto competitivo la llevaron a siempre aspirar a más. “En mis primeras pruebas, llegué muchas veces cuando ya se habían repartido los premios. De pequeña me enfadaba hasta cuando perdía a las cartas”, confesó.

Inquieta, inteligente y obstinada, Walsh fue por más. Sabía que corría con desventaja, por eso decidió abandonar los estudios y apostó todo por el deporte profesional. Formó parte de una academia donde puso a prueba su cuerpo, su mente y su capacidad atlética, hasta que llegó el premio: una carta de Cycling Ireland, donde la invitaban a formar parte de la selección con aspiraciones a Tokio. Así comenzó una nueva odisea, con muchas horas de entrenamiento y sacrificio. Tuvo que adaptarse a nuevas circunstancias e incluso al velódromo, un lugar al que nunca había entrado. Lo logró y comenzó a competir.

A los pocos meses de estos intensos trabajos tuvo un accidente en el que se rompió la clavícula, pero no se desanimó y siguió pedaleando. Lo tomó como su bautismo, ya que es una típica lesión del ciclista. “Al menos he ganado”, decía sonriente mientras los paramédicos la inmovilizaban para llevarla al hospital.

Tokio es casi un hecho para la deportista que divide sus días entre Mallorca y Dublín. La selección de Irlanda aún no sabe quiénes viajarán a la cita olímpica, pero el nombre de Walsh suena tanto para las disciplinas de pista como de ruta, un as para el conjunto europeo.

Cinco años atrás, Walsh jamás imaginó el escenario donde está parada hoy y las aspiraciones que tiene a futuro. Incluso, en sus años de loca juventud llegó a burlarse de los ciclistas: “Cuando mi padre me dijo que usara su bicicleta, solo pensé que no quería ser una de esas idiotas que van en bici con mallas y lycra. Después de montar en bicicleta tres o cuatro veces, me dije a mí misma: ‘¿Dónde se compra una de esas lycras?’”, recordó entre risas.

Hoy lejos está de ser esa joven y de tener ese tipo de pensamiento. No extraña su antiguo estilo de vida, y tampoco lo esconde. Está segura de sus elecciones y del camino escogido. “Miro mis fotos de esa época y no me reconozco. Sé que era yo, que fue parte de mi vida, pero no lo cambiaría. Esas fueron las elecciones que hice en ese momento y el viaje que había elegido. Incluso, una parte de mí cree que si hubiera arrancado antes en el deporte no hubiera aguantado y logrado tanto como ahora”, señaló la atleta que está escribiendo una nueva página en su vida, de la cual se siente –más que nunca- orgullosa.

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