Sentarse a escribir sobre un proyecto que se vivió en primera persona parece un ejercicio fácil, pero cuando la razón y la emoción se trenzan es complejo predecir un resultado. Desconozco cómo se desarrollará este texto, que escribo en tiempo real. No recuerdo exactamente cuándo se nos ocurrió embarcarnos en la aventura de Pelota de Papel 4, la cuarta edición de este proyecto colectivo, pero sí se con certeza que fue en simultáneo con la génesis de De Taco, junto a Laura Couto. Será imposible enumerar todas las turbulencias que tuvo este vuelo antes de aterrizar con mucha ilusión hace algunas semanas en todas las librerías argentinas.

Darles forma a las ideas para llevarlas al terreno de la realidad es complejo. Y en este caso puntual la realidad superó cualquier escenario que hubiéramos podido imaginar de antemano. Pelota de Papel 4 nació en un mundo despandemizado, nuestra primera reunión en el Bar Pan y Arte de Boedo fue sin barbijos ni protocolos, en un espacio cerrado. Lau y yo nos citamos ahí con Juanky Jurado y Guido Cristiani (más adelante se sumarían los infaltables Ariel Scher, Paula Rodríguez y Javier Lanza). Faltaba aún para Tokio 2020, pero sabíamos que esta sería una edición olímpica, y en función de eso tomamos las primeras decisiones. ¿Qué deportes estarían representados? Todos los que conformaran el programa olímpico de los próximos Juegos. Ese fue nuestro punto de partida.

Con ese horizonte, empezamos a trabajar. Contactamos uno a uno a los posibles cuentistas y me animo a decir que prácticamente en el 100% de los casos la aceptación fue inmediata. Prácticamente, no hizo falta trabajar para convencerlos. Puedo y me voy a detener en algunos casos puntuales, como el del Chapa Branca que, emocionado, mandó sus textos uno atrás de otro solo minutos después de recibir la propuesta, algo similar a lo que ocurrió con Maravilla Martínez, uno de los primeros en hacernos llegar su cuento. O Liu Song quien, instalado hace varios años en Francia, ya casi no practica el español y prefirió mandar su historia en chino para poder expresar con mayor precisión todo lo que sentía. También se ocupó de ponernos en contacto con su amigo José, cuya ayuda fue muy valiosa para la traducción. No quiero dejar afuera a Roberto De Vicenzo, cuyo escrito se construyó casi como una carrera de relevos. Hay un cuento detrás de cada cuento. Un metalibro que no se publica pero que es tan fascinante como lo que se lee en el papel. Y así es que quiero detenerme en la experiencia de haber trabajado con Braian Toledo. Su respuesta para participar en este proyecto solidario demoró apenas unos minutos en llegar y fue, literal: “Es un sí rotundo, lo quiero hacer y lo voy a hacer”. Para Braian no había nada que evaluar si se trataba de ayudar a otro. La primera idea que quiso desarrollar hablaba de los prejuicios que tiene uno sobre sí mismo, que su cuento dejara una reflexión para él era fundamental. También recuerdo de la charla que tuvimos, que pensaba que todo lo vivido, con sus dificultades, lo había preparado más que cualquier entrenamiento para encarar la final olímpica en Río 2016 sin miedos. O, más bien, haciéndole frente al miedo que pudiera sentir en ese momento.

Hoy, con el libro terminado, encuentro muchos puntos en común entre los principales protagonistas, que son los deportistas. Hay algo que los hace distintos. Puntualmente, creo que el cosito que mide el miedo lo tienen descalibrado… muchos, la mayoría, jamás habían escrito. Y no sabían cómo hacerlo, por dónde empezar, sobre qué hablar. Sin embargo, eso no los frenó y se lanzaron sin pensarlo. Van y hacen. Se mandan. Sienten miedo, pero lo enfrentan. Tienen coraje. El mismo coraje que se necesita para tomar el último tiro de un partido, pararse en una línea de largada, surfear una ola gigante, trepar paredes inmensas, disparar sin que te tiemble la mano o subir a un ring para fajarte con un rival. Son especiales, todos ellos. Y se comprometen, también. En circunstancias nada cómodas o de mucho estrés -como estar en plena competencia-, seguían pendientes de sus textos y de cómo avanzaba el proyecto.

Que tuvo dificultades, claro. La postergación de los Juegos Olímpicos en 2020 fue un mazazo. Era la meta que ordenaba todo y que le daba sentido al trabajo. La incertidumbre, la no presencialidad y la falta de actividad ensombrecían el panorama. Mantenernos motivados bajo esas circunstancias no fue sencillo, pero siempre aparecía alguno para empujar y seguir adelante.

El libro terminado me da mucho orgullo. Más de 150 personas invirtieron su tiempo sin ningún tipo de compensación económica para la construcción de este proyecto. Los prólogos y las ilustraciones son maravillosos, y creo que para los cuentos los deportistas reservaron historias mínimas, íntimas, muy suyas y que no habían podido compartir en público. Hablaron de la perseverancia, del camino, de la superación, de ponerse objetivos, del trabajo en equipo… por eso es este un libro con el que cualquier persona, aún sin estar familiarizada con el deporte, puede sentirse identificada. Todos tuvimos ganas de abandonar en algún momento. Todos soñamos con grandes logros. Todos sentimos un día que no podíamos más. Todos nos apoyamos alguna vez en otro para seguir adelante. Todos padecimos la derrota y festejamos alguna victoria.

Vuelvo a Braian, y recuerdo que sentí mucha responsabilidad cuando supe que iba a escribir su prólogo. Quería describirlo con precisión a ese ser gigante cuyo corazón, aún más grande, no cabía en su cuerpo. Me parecía -todavía me parece- que no existían palabras que le hicieran justicia, no se habían inventado o yo las desconocía. Le trasladé mi preocupación a mi hermana Caro, que me contó algo que no aparece en la introducción al texto de Braian, porque casi que es un cuento en sí mismo. Mi hermana, profe ella, eligió especializarse en la pedagogía Waldorf que pone especial interés en la formación de las personas. En la educación física que promueven todo tiene un sentido. Y me explicó que el lanzamiento de jabalina, precisamente, es la disciplina que culmina con uno de los años de formación porque solo es capaz de ejecutarla el atleta que está listo, el atleta más perfecto. Y es, además, la disciplina que une la tierra y el cielo. Desde donde sea que nos mire, ojalá Braian sienta tanto orgullo por lo hecho y vivido como nosotros sentimos por él. Deseamos que su ejemplo se replique una y otra vez, que todos conozcan su historia. Ojalá muchas niñas y niños se inspiren en ella para ingresar en el mundo del deporte. Si eso sucede, como bien precisa el prólogo colectivo del libro, nuestra misión -y la de Braian- estará cumplida.

 

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