“I’m forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air”. La canción sonaba una y otra vez en mi cabeza mientras caminaba sobre Green Street, una calle ubicada en Newham, municipio del Gran Londres. Ansiaba ver, por primera y última vez, aquél estadio con más de 100 años de historia que pronto desaparecería.

El 10 de mayo del 2016 se disputó el último partido en Boleyn Ground (o Upton Park, como prefieras): West Ham 3 – Manchester United 2. Un mes después, allí estaba yo. Un viernes 17 de junio, a paso lento y entre la lluvia londinense, intenté capturar cada rincón y guardarlo en la cajita de recuerdos imborrables.

Ingresé a la tienda del club, desolada por cierto. Me encontré con un martillo de goma espuma, una mini réplica del estadio y, lo más curioso, la venta de un asiento del banco de suplentes a £299. Pero buscaba llevarme un regalo diferente.

Salí del store y caminé alrededor del estadio. Me topé con un portón gigante que tenía una rendija lo suficientemente grande como para espiar. Apoyé la cara sobre el hierro frío y vi el campo de juego desierto, solitario, inerte… triste. Tomé el celular, deslicé la mano por la abertura y saqué fotos hasta que me percaté de que alguien estaba observando mis movimientos desde adentro.

Volví caminando y a mitad de camino me crucé con el señor que había descubierto mis manos desesperadas por obtener una imagen del lugar. Le conté desde dónde venía y por qué estaba allí. Pocas palabras, incluidas ‘Argentina’, ‘Carlos Tevez‘ y ‘Manu Lanzini’, bastaron para que se diera vuelta y dijera: “Come on!”. Y lo seguí.

Con mucha emoción recorrí un pasillo corto y, de golpe, aparecí en el campo de juego. Giré mi cabeza, miré las tribunas y lloré como si hubiera sido una Hammer de toda la vida. Toqué el césped embarrado y contemplé las tribunas. No quería perderme ningún detalle. Mientras el viento secaba las lágrimas, vi un Boleyn Ground cargado de resignación, angustia y orgullo.

¡Y pensar que, en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, una bomba impactó en este mismo lugar! Sin embargo, esta vez el estadio no sobreviviría. Creo que al guardia le dije más de seis “Thank you!”. No quise abusar de su amabilidad. Respiré profundo y me despedí en silencio. Una vez más, la canción volvió a sonar: “They fly so high, nearly reach the sky. And like my dreams they fade and die”. Y así me fui, cantando, entre burbujas y un sueño cumplido.